Anava jo distret com sempre mirant les musaranyes quan vaig veure una perfecta, artesanal i rudimentària ferradura que el seu propietari segur estava trobant a faltar. Vaig mirar carrer amunt i avall esperant veure un cavall trotant a 3 potes i disposat a córrer cap a ell per tornar-la-hi. Al no veure'l no vaig dubtar en posar-lo al sarró, convençut que em portaria bona sort. Els seus efectes no van tardar a fer-se notar: a l'arribar a l'hotel amb la meva ferradura, la preciosa recepcionista es va recordar per primer cop del número de la meva habitació i em va somriure, en el restaurant quan vaig demanar sense entendre res de la carta, la vaig encertar i em van dur un plat boníssim que encara ara em pregunto què era, després vaig aconseguir plaça al tren que volia i només vaig haver de fer una hora i mitja de cua, i per acabar de demostrar l'eficàcia del meu nou amulet, ja a mitjanit, quan un impuls em va conduir a l'interior d'un cafè internet, em vaig trobar el correu que feia dies esperava. Això si ha estat una bona troballa!!!!

Acabades les vacances, he col·locat la ferradura al lloc que li pertoca, al costat d'un altre talismà perquè redoblin el seu poder junts i a més compto que es mantingui fidel als seus avantpassats i em protegeixi de satanassos i de bruixes.

I posats a parlar de talismans, doncs aquí va la meva cançó talismà:








Una herradura, el calzado de Caballos, mulos y burros, colgada en algún sitio, está considerado como el más universal de todos los amuletos de la suerte.
La herradura era un talismán poderoso en todas las épocas y en todos los países en los que existía el caballo. Aunque los griegos introdujeron la herradura en la cultura occidental en el siglo IV, y la consideraban como símbolo de buena suerte, la leyenda atribuye a san Dunstan el haber otorgado a la herradura, colgada sobre la puerta de una casa, un poder especial contra el mal.
Según la tradición, Dunstan, herrero de profesión pero que llegaría a ser arzobispo de Canterbury en el año 959, recibió un día la visita de un hombre que le pidió unas herraduras para sus pies, unos pies de forma sospechosamente parecida a pezuñas. Dunstan reconoció inmediatamente a Satanás en su cliente, y explicó que, para realizar su tarea, era forzoso encadenar al hombre a la pared.
Deliberadamente, el santo procuró que su trabajo resultara tan doloroso, que el diablo encadenado le pidió repetidamente misericordia. Dunstan se negó a soltarlo hasta que el diablo juró solemnemente no entrar nunca en una casa donde hubiera una herradura colgada sobre la puerta.
Desde la aparición de esta leyenda en el siglo X, los cristianos tuvieron la herradura en alta estima, colocándola primero sobre el dintel de la puerta y trasladándola más tarde al centro de ésta, donde cumplía la doble función de talismán y picaporte.
Este es el origen del picaporte en forma de herradura. En otros tiempos, los cristianos celebraban la fiesta de san Dunstan, el 19 de mayo, con juegos en los que se empleaban herraduras.
Para los griegos, los poderes mágicos de la herradura emanaban de otros factores. Las herraduras eran de hierro, un elemento que se creía que ahuyentaba el mal, y la herradura tenía la forma de una luna en cuarto creciente, que desde antiguo era considerada como símbolo de fertilidad y fortuna.
Los romanos se apropiaron de este objeto, a la vez como práctico dispositivo ecuestre y como talismán, y su creencia pagana en sus poderes mágicos pasó a los cristianos, que dieron a esta superstición su versión basada en san Dunstan.
En la Edad Media, cuando cundía al máximo el temor a la brujería, la herradura adquirió un poder adicional. Se creía que las brujas se desplazaban montadas en escobas porque temían a los caballos, y que cualquier cosa que les recordara un caballo, especialmente su herradura de hierro, las ahuyentaba como un crucifijo aterrorizaba a un vampiro. La mujer acusada de brujería era enterrada con una herradura clavada en la tapa de su ataúd, para impedir su resurrección.
En Rusia, al herrero que forjaba herraduras se le consideraba dotado de capacidad para realizar «magia blanca» contra la brujería, y los juramentos solemnes relativos al matrimonio, los contratos comerciales y las compraventas de propiedades no se prestaban sobre una Biblia, sino sobre los yunques utilizados para martillear las herraduras.
Una herradura no podía colgarse de cualquier forma: su disposición correcta era con los extremos hacia arriba, pues de lo contrario su reserva de suerte se vaciaba.
En las Islas británicas, la herradura se mantuvo como potente símbolo de suerte hasta bien entrado el siglo XIX. Un popular encantamiento irlandés contra el mal y la enfermedad —originado a la vez la leyenda de san Dunstan— decía: «Padre, Hijo y Espíritu Santo, clavad el diablo en un palo.»
En 1805, cuando el almirante británico lord Horacio Nelson se enfrentó a los enemigos de su nación en la batalla de Trafalgar, el supersticioso inglés clavó una herradura en el mástil de su navío almirante, el Victory.

5 comentaris

  1. Anònim // 30 de setembre del 2007, a les 20:00  

    Això vol dir que a partir de que la ferradura comenci a funcionar no podré entrar a casa teva????

    BONA SORT, DE TOT COR!
    Mare

  2. Anònim // 1 d’octubre del 2007, a les 18:56  

    jo.... i les amigues que som bruixas.....??

  3. Unknown // 1 d’octubre del 2007, a les 21:21  

    Pffff... cuanta bruja anda suelta Dios mio!!!!!

    Res, les bruixes tant si sou del Nord, de l'Est o de l'Oest no enteru per la porta: si sou bruixes de debò ho haureu de demostrar i entrar per la finestra. Per la porta només entren les Dorites amb sabates màgiques voladores :P

  4. Mescalina, mi amor. // 1 d’octubre del 2007, a les 22:14  

    Ale!

  5. Anònim // 2 d’octubre del 2007, a les 10:05  

    vale, pero hauras de treure el bosc, perque fades no som, ehhhhhhh